Francia arde: cómo el 17 de octubre se convirtió en la peor jornada de conflictividad social en décadas
El sábado 17 de octubre, entre 550.000 y 800.000 personas salieron a las calles de Francia. Al caer la noche, el país parecía otro: el ayuntamiento de Limoges estaba en llamas, el de Marsella y el de Lille habían sido atacados. En París, grupos encapuchados saquearon comercios de manera metódica, quemaron vehículos en la Plaza de la República y destruyeron un edificio histórico de 143 años en plena marcha. El primer ministro Sébastien Lecornu lo admitió entrada la noche: fue "un milagro que la cifra de heridos no sea más alta".
Para entender el sábado, hay que volver a septiembre. Las protestas no comenzaron con chalecos amarillos ni con sindicatos, sino con adolescentes bloqueando la entrada de sus propios colegios por la falta de profesores y las malas condiciones de las escuelas en zonas desfavorecidas de los alrededores de París. Pero el reclamo original fue mutando rápidamente, organizaciones como Union étudiante y UNEF integraron al movimiento demandas propias de la educación superior: acceso a universidades y másteres, becas y costo de vida estudiantil. Para principios de octubre, el movimiento ya había superado los límites del sistema educativo.
Los distintos sectores comparten la percepción de que el costo de los ajustes recae sobre los trabajadores, las familias y los servicios de los que dependen. Algunos factores qué impulsaron el movimiento fueron el precio del combustible disparado como consecuencia directa de los conflictos en Irán y Ucrania, las facturas de electricidad que no bajan, una canasta básica que sigue creciendo y un presupuesto 2027 que el gobierno de Macron diseñó bajo restricciones fiscales severas.
El 6 de octubre ya habían salido cientos de miles a las calles. El 13, otra vez. Cada jornada sumaba más actores: chalecos amarillos, estudiantes de secundaria, universitarios, agricultores, sindicalistas. La CGT, uno de los principales sindicatos de Francia, también respaldó las protestas, exigiendo mejores salarios y pensiones, precios más bajos y la protección de los servicios públicos.
La convocatoria para el 17 de octubre nació en redes sociales y consiguió un efecto bola de nieve que ninguna organización había logrado coordinar deliberadamente. El ministro del Interior Laurent Núñez había movilizado a 10.000 policías y gendarmes para toda la jornada en el país, de los cuales 5.000 fueron destinados a París. Se cerraron 25 estaciones de Metro y RER, incluyendo Charles de Gaulle–Étoile, George V, Bastille y Ópera, los puntos de acceso a los barrios más simbólicos de la capital.
En París, la Policía empleó gases lacrimógenos en la Plaza de la República, donde cientos de personas se habían congregado horas antes del inicio de la manifestación principal. Los enfrentamientos comenzaron antes de que la marcha oficial arrancara. Grupos enmascarados arrojaron adoquines, cohetes y petardos contra las fuerzas de seguridad. Al mismo tiempo, en los Campos Elíseos, unos 300 manifestantes se concentraron al inicio de la avenida mientras los comercios de lujo permanecían blindados.
Cuando cayó la noche, la situación se agravó y grupos de jóvenes saquearon establecimientos y provocaron incendios al término de las protestas. El alcalde Emmanuel Grégoire describió el estado de la capital con una imagen que quedará: "Hay calles enteras devastadas de manera metódica."
Pero el epicentro de la destrucción no fue París sino Limoges. En esa ciudad, los disturbios alcanzaron su punto más crítico cuando un grupo de manifestantes encapuchados prendió fuego a un patrullero policial frente a la sede municipal, forzó los accesos rompiendo ventanas e ingresó al inmueble para iniciar focos ígneos en su interior. El Ayuntamiento de Limoges fue inaugurado en 1883 y su arquitectura se inspiró en el Ayuntamiento de París. Las llamas se propagaron por una de las alas del inmueble hasta alcanzar el techo, mientras los equipos de emergencia intentaban controlar el fuego. El prefecto Maurice Barate dijo que el edificio "está prácticamente destruido".
En Marsella, decenas de personas forzaron las puertas del Ayuntamiento y penetraron brevemente en el vestíbulo, donde causaron daños y realizaron pintadas antes de ser desalojadas por la policía. Un busto de Marianne, símbolo de la República francesa, fue derribado. En Lyon, una oficina de turismo situada en la céntrica Plaza de Bellecour fue saqueada e incendiada, y los disturbios se extendieron a calles comerciales próximas, donde varios establecimientos sufrieron daños. En Lille también fue asaltado el Ayuntamiento. En Burdeos, la residencia de la prefecta fue atacada. En Rouen, la fachada de un edificio universitario.
Macron apareció en redes pasada la medianoche, luego de una visita a las fuerzas de seguridad desplegadas en París. "No hay lugar para la violencia en nuestra República", escribió, y prometió que quienes atacaron prefecturas, saquearon negocios y dañaron ayuntamientos "serán procesados y castigados". Lecornu convocó una célula interministerial de crisis en el Ministerio del Interior con la participación del ministro de Justicia y el ministro del Interior para coordinar la respuesta. Lo que no hizo fue declarar estado de sitio: el ministro Núñez dijo explícitamente que no lo haría por ahora.