Ellas no eran presidentas: Primeras damas y el poder político que nunca pasó por las urnas
La figura de la primera dama ocupa un lugar extraño dentro de la política. No es ministra. No es parlamentaria. No gobierna. En muchos países, ni siquiera existe jurídicamente como cargo público. Su posición nace, esencialmente, de una circunstancia privada: ser la esposa del presidente.
Ellas no eran presidentas Primeras damas y el poder político que nunca pasó por las urnas.
Hay una imagen que se repite desde hace décadas en la política internacional.
Un avión presidencial aterriza. Un jefe de Estado desciende por las escaleras. A su lado, se observa a una mujer. Ambos son recibidos por autoridades, ambos aparecen ante las cámaras y ambos participan de la representación pública del país.
Pero solo uno de ellos ha sido elegido.
La figura de la primera dama ocupa un lugar extraño dentro de la política. No es ministra. No es parlamentaria. No gobierna. En muchos países, ni siquiera existe jurídicamente como cargo público. Su posición nace, esencialmente, de una circunstancia privada: ser la esposa del presidente.
Y, sin embargo, algunas primeras damas han tenido acceso a algo que muchos cargos electos nunca tendrán: el círculo más próximo al poder.
Eva Perón - El poder de las masas
Eva Perón durante un discurso ante la CGT, 1951. Fotografía de autor desconocido. Fuente: La razón de mi vida (1951), vía Wikimedia Commons. Dominio público en Argentina.
Pocas figuras permiten cuestionar tanto la expresión primera dama como Eva Perón, pues no se limitó a acompañar a Juan Domingo Perón. Construyó una relación directa con sectores populares, intervino activamente en la vida pública argentina y adquirió una capacidad de movilización extraordinaria.
No era presidenta. Tampoco ocupaba el lugar tradicionalmente reservado a una esposa presidencial discreta y protocolaria.
Era poder.
Su figura permite plantear una primera pregunta: ¿necesitamos un cargo para ejercer poder político?
Quizá Evita sea uno de los ejemplos más extremos de que la respuesta es no. «No se nace mujer: se llega a serlo.» Simone de Beauvoir, El segundo sexo (1949)
Eleanor Roosevelt - El poder de tener voz propia
Eleanor Roosevelt sostiene la Declaración Universal de Derechos Humanos, Lake Success, Nueva York, noviembre de 1949. Fuente: United Nations Photo.
Al otro lado del continente, Eleanor Roosevelt transformó también el significado de ser primera dama de los Estados Unidos.
Pero su historia resulta especialmente interesante porque su relevancia terminó trascendiendo incluso la presidencia de Franklin D. Roosevelt.
Eleanor desarrolló una identidad pública propia y, posteriormente, llevó esa experiencia al escenario internacional. Su participación en las Naciones Unidas y su papel en los trabajos que condujeron a la Declaración Universal de Derechos Humanos demostraron que una mujer conocida inicialmente por ser ‘’la esposa de’’ podía terminar siendo reconocida simplemente por su propio nombre.
Su historia introduce otra dimensión del poder.
No solo estar cerca de quien decide.
Tener voz cuando llega el momento de decidir.
Jacqueline Kennedy - El poder de una imagen
Jacqueline Kennedy durante la visita de Estado del presidente John F. Kennedy a Francia, París, 1961. Fuente: John F. Kennedy Presidential Library and Museum / U.S. National Archives.
Jackie Kennedy representa algo completamente distinto a lo mencionado anteriormente.
Su poder no puede medirse en leyes aprobadas ni en decisiones gubernamentales. Se encontraba en otro terreno: la imagen.
En plena Guerra Fría, la Casa Blanca no era únicamente el centro político de Estados Unidos. También era un escaparate hacia el mundo. Cultura, elegancia, modernidad, juventud y sofisticación podían convertirse en instrumentos de representación nacional.
Y Jacqueline Kennedy entendió extraordinariamente bien ese lenguaje.
Porque la política internacional no ocurre únicamente alrededor de una mesa de negociación.
También ocurre frente a una cámara.
Imelda Marcos - Cuando la influencia deja de tener límites claros
Imelda y Ferdinand Marcos durante un acto oficial. Fuente: U.S. National Archives / Presidential Library.
Pero el poder informal también tiene una cara mucho más incómoda.
Imelda Marcos permite llevar la pregunta hasta su extremo: ¿qué sucede cuando la proximidad personal al gobernante se transforma en capacidad política efectiva?
Su enorme influencia durante el régimen de Ferdinand Marcos y los cargos públicos que llegó a desempeñar muestran hasta qué punto pueden desdibujarse las fronteras entre esposa, representante, colaboradora y dirigente.
Y aquí aparece el problema democrático que atraviesa toda esta historia.
Si alguien tiene influencia sobre las decisiones públicas, ¿ante quién responde?
Si participa del poder, ¿qué mecanismos existen para controlarlo?
Michelle Obama - El poder de tener una plataforma
Michelle Obama durante su visita a China, 2014. Fotografía oficial de la Casa Blanca. Fuente: The White House / U.S. National Archives.
Décadas después, Michelle Obama representa una versión completamente contemporánea de la primera dama.
Ya no basta con acompañar.
La televisión, internet y las redes sociales permiten que una primera dama construya una audiencia propia, defienda causas determinadas y desarrolle una identidad pública reconocible internacionalmente.
Michelle Obama tuvo iniciativas propias, pronunció discursos que alcanzaron audiencias globales y terminó convirtiéndose en una figura pública con una capacidad comunicativa independiente de la presidencia de Barack Obama.
La primera dama del siglo XXI puede no tener competencias constitucionales.
Pero tiene algo que también genera poder: una plataforma.
¿Poder sin cargo?
Seis primeras damas de Estados Unidos reunidas durante la inauguración de la Biblioteca Presidencial Ronald Reagan, California, 1991. De izquierda a derecha: Lady Bird Johnson, Pat Nixon, Nancy Reagan, Barbara Bush, Rosalynn Carter y Betty Ford. Fuente: George Bush Presidential Library. Dominio público.
Quizá el elemento más fascinante de las primeras damas sea precisamente su contradicción.
Durante siglos, las mujeres fueron apartadas de los espacios formales de decisión política. Sin embargo, algunas encontraron una forma de intervenir desde un espacio construido inicialmente para acompañarlas al poder, no para permitirles ejercerlo. «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si quiere escribir ficción.» - Virginia Woolf, Una habitación propia (1929).
Woolf reclamaba una habitación propia para poder escribir. En política, durante siglos, las mujeres ni siquiera tuvieron un despacho propio desde el que decidir.
Eso hace que la figura pueda interpretarse de dos maneras casi opuestas.
Por una parte, representa una concepción profundamente tradicional: una mujer adquiere relevancia institucional como consecuencia del hombre con quien está casada.
Por otra, la historia demuestra que algunas de esas mujeres utilizaron precisamente esa posición para construir una voz, una agenda y una influencia propias.
Evita movilizó.
Eleanor intervino.
Jackie representó.
Imelda acumuló influencia.
Michelle comunicó.
Ninguna ejerció el papel de la misma manera.
Pero todas obligan a preguntarnos qué entendemos realmente cuando hablamos de poder.
Porque las constituciones pueden determinar quién gobierna. Las elecciones pueden determinar quién representa a los ciudadanos. Los organigramas pueden decirnos quién ocupa cada despacho.
Y aun así, una parte de la política siempre ocurre fuera de ellos.
Quizá por eso la pregunta relevante nunca haya sido si una primera dama tiene o no poder.
La pregunta es otra:
¿Cuánto poder puede ejercer alguien que nunca necesitó un cargo para tenerlo?