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¿El peronismo creó "vagos" o los medios crearon el mito? mi porqué.

16/08/2026 Opinión
¿El peronismo creó "vagos" o los medios crearon el mito? mi porqué.

Introducción:

¿Cuántas veces escuchaste que todos los males del país son culpa de los "150 años de peronismo" ? ¿O que la doctrina de la justicia social, en el fondo, incita a la vagancia? Desde que empecé a involucrarme en el debate político, noté una premisa que se repite como un mantra, tanto en la agenda de los medios como en la charla cotidiana: al peronista no le gusta laburar.

No pretendo teorizar acá sobre qué significa ser peronista (mucha tinta se ha derramado ya al respecto y no es el objetivo de estas líneas) Sin embargo, hay un ángulo en particular que vale la pena desentrañar: ¿cómo fue que el estigma de la aversión al esfuerzo terminó pegado justamente a un movimiento cuya piedra angular es la dignificación del trabajo?

¿El peronismo creó "vagos" o los medios crearon el mito? mi porqué.

Resulta llamativo cómo la repetición constante de este prejuicio termina distorsionando la memoria colectiva. Lo que en sus orígenes se estructuró alrededor de la movilidad social ascendente y la centralidad del empleo formal, hoy suele ser reducido en el discurso público a simple "asistencialismo". En la era de la inmediatez y los titulares estridentes, instalar la figura del argentino improductivo resulta mucho más sencillo que analizar el impacto real de las recurrentes crisis económicas o las transformaciones estructurales del mercado laboral.

El verdadero peligro de esta narrativa no es meramente electoral o ideológica, sino profundamente social. Al convertir una política de protección o un derecho conquistado en un sinónimo de pereza, los medios y la opinión pública terminan erosionando la empatía colectiva. Se naturaliza así una lógica de sospecha sobre el que produce y sobre el que necesita contención, invalidando cualquier discusión honesta sobre cómo generar empleo genuino en la Argentina. 

Mi lectura actual, la cual recomiendo enfáticamente, es Eva y las mujeres; historia de una irreverencia, de Julia Rosemberg. Entre sus páginas, aunque el enfoque principal está puesto en el rol participativo de Eva hacia y para las mujeres argentinas, hay un pasaje que me llamó poderosamente la atención. Al abordar la creación de hogares de tránsito para sectores doblemente excluidos, Rosemberg señala lo siguiente:

“Abrieron tres hogares de tránsito en la ciudad de Buenos Aires. El objetivo era amparar a las desamparadas, Es decir, ayudar a las mujeres que, con o sin hijos, estuvieran sin viviendas, sin contención familiar, y trabajar por su inclusión social. Muchas, por ejemplo, eran mujeres del interior que habían viajado a la ciudad y se encontraban sin lugar donde dormir. [...] El alojamiento y todo lo que ahí se les daba era gratuito, y al retirarse las mujeres recibían ayuda monetaria o elementos como la ropa, pasajes, viviendas, instrumentos de trabajo, becas de estudio pero lo que se realizaba era conseguirles un trabajo a ella y a su familia. Se les daba estadía hasta que pudieran resolver su situación de calle, de salud y/o laboral. [...] Éste era otro de los ítems que marcaron una fuerte ruptura con los modos tradicionales de dar asistencia social: no se trataba de una asistencia pasiva, sino que se buscaba resolver las trabas por las cuales esa persona estaba en la pobreza.

De este modo, Evita, en un discurso dijo: 

“Es por eso que yo siempre he luchado contra la beneficencia. La beneficencia se satisface al que la practica. La ayuda social satisface al pueblo, que es quien la realiza. La beneficencia deprime, la ayuda social dignifica. La limosna se otorga discrecionalmente, la ayuda racionalmente. 

La limosna deja al hombre dónde está. La ayuda lo recupera para la sociedad como hombre digno y no como resentido social. La limosna nace para el pudiente del pobre, la ayuda enaltece al necesitado y lo eleva al nivel del pudiente.

¿El peronismo creó "vagos" o los medios crearon el mito? mi porqué.

Este pasaje resulta clave porque expone, con precisión histórica, la distancia abismal que existe entre el concepto de "dádiva" y el de "derecho". Lejos de la caricatura que pinta a la contención estatal como una fábrica de dependencia pasiva, el proyecto ideado por Eva Perón concebía la asistencia como una herramienta de transición, un puente cuyo destino final era siempre la autonomía y la reinserción en el circuito productivo. No se buscaba perpetuar la vulnerabilidad, sino remover las barreras estructurales que impedían el ejercicio pleno de la dignidad.

El contraste que marca Evita entre la beneficencia y la ayuda social sintetiza el núcleo de esta discusión. Mientras la primera opera como una concesión paternalista que tranquiliza la conciencia del asistidor y mantiene intacta la jerarquía social, la segunda actúa como un acto de justicia distributiva que eleva a la persona y le restituye su condición de sujeto activo de la sociedad. La entrega de herramientas de trabajo, la capacitación y la búsqueda activa de empleo no eran añadidos accesorios, sino el corazón mismo de la política social.

Al contrastar este registro histórico con el discurso dominante en la actualidad, la contradicción se vuelve inocultable. ¿Cómo se convirtió una doctrina que obsesivamente buscaba transformar al marginado en un trabajador digno en el sinónimo de la "vagancia"? La respuesta a ese interrogante no se encuentra en las páginas de la historia, sino en la construcción deliberada de un relato que necesitó, y sigue necesitando, desmantelar la idea de la ayuda social como derecho para volver a convertirla en simple limosna o, peor aún, en un estigma. 

Ahí es donde el mecanismo de la desinformación cobra su versión más grotesca cuando se analiza en clave presente. Resulta insólito escuchar a los abanderados del "mérito" pontificar desde un estudio de televisión sobre la "cultura del trabajo", mientras defienden un modelo donde la verdadera vagancia es financiera y la especulación se premia por encima de la producción. Nos vendieron la idea de que cobrar un subsidio para no morirse de hambre en una economía arrasada es de "vago", pero fugarse millones de dólares o vivir del interés de la timba bancaria es de "emprendedor inteligente".

Hoy nos encontramos inmersos en una narrativa donde parecería que el mayor delito del pueblo argentino fue pretender comer todos los días y tener derecho a vacaciones. Te repiten con la cara de piedra que la economía "está sanando" porque los números cierran en Excel, mientras en la calle las pymes bajan las persianas, las familias recortan comidas y el trabajo formal se convierte en una especie en peligro de extinción. Paradójicamente, destruyen el empleo genuino en nombre del mercado y después acusan de "parásitos" a quienes piden una red de contención para no caerse del mapa.

¿El peronismo creó "vagos" o los medios crearon el mito? mi porqué.

La trampa discursiva está maravillosamente montada: convencieron a un laburante que cobra dos mangos de que su verdadero enemigo no es el empresario que le precariza la vida ni el político que le ajusta el boleto, sino el vecino del barrio popular que recibe una ayuda social para comprar leche. Se instaló un resentimiento horizontal perfecto, donde el de abajo se pelea con el de más abajo, mientras los de arriba miran la contienda desde sus barrios privados felicitándose por el éxito de la jugada.

Por eso, cuando nos repiten hasta el hartazgo el mito del peronista "reacio al esfuerzo", conviene preguntarse a quién le sirve realmente esa mentira. No es un error conceptual ni una simple opinión de café: es una estrategia comunicacional diseñada para que sintamos culpa por exigir derechos. Nos quieren convencer de que pedir un salario digno es de "cómodos" para que aceptemos en silencio la esclavitud moderna. Y en esa batalla, desarmar el estigma no es solo un ejercicio de memoria histórica; es, fundamentalmente, un acto de legítima defensa.

Es por eso que cuando dudo (o me hacen dudar) sobre lo que pienso o sigo, me es muy fácil bajar a la doctrina y recordar firmemente dichos motivos: mi ideología no viene por un fanatismo ciego ni por obedecer un dogma congelado en el tiempo, sino porque no estoy dispuesta a concederle el relato a quienes pretenden borrarnos la historia para justificarnos el presente. Soy peronista porque elijo la doctrina que pone al trabajo en el centro de la vida humana, porque no confundo la solidaridad con la limosna y porque entiendo que la verdadera justicia social no se negocia ni se agradece, se conquista. Ante la mentira repetida por televisión, el prejuicio de clase y la desinformación funcional al ajuste, militar la verdad e identificarse con las causas que le devolvieron la voz y la dignidad al pueblo trabajador no solo es una posición política: es, fundamentalmente, un acto de profunda coherencia moral.